Puede que el lector espere un elogio a la vocación médica. Una defensa encendida de esa fuerza invisible que empuja a muchos a elegir una profesión exigente, sacrificada y, a menudo, incomprendida. Pero permíteme un pequeño giro de guion.

Porque la vocación existe. Claro que existe. Es, de hecho, uno de los pilares que sostienen la medicina. Es la que te acompaña en las horas difíciles, la que te hace implicarte más allá de lo estrictamente necesario, la que convierte un trabajo en algo más profundo. Nadie que haya pasado años formándose y enfrentándose a la responsabilidad de cuidar a otros puede negar su presencia.

El problema no es la vocación. El problema es cuando deja de ser una elección personal y pasa a convertirse en una exigencia externa.

Cuando termina la jornada, cuando uno regresa a casa, cuando intenta ser padre, madre, pareja o simplemente persona, hay algo que a veces vuelve a aparecer. No siempre con mala intención, pero sí con una insistencia constante: “la vocación”.

Esa vocación que llama a la puerta de tu propia casa.Y entonces se espera que abras. Que vuelvas a salir. Que estés disponible. Que sigas dando, porque “esto es vocacional”. Porque “los médicos sois así”. Porque “alguien tiene que hacerlo”.

Pero cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿a qué vocación nos referimos exactamente?

Porque cuidar también es estar presente en casa. Porque atender también es escuchar a los tuyos. Porque proteger también es no desaparecer de la vida que hay más allá del hospital. Reducir la vocación a una disponibilidad permanente es, en el fondo, vaciarla de su sentido más humano.

La vocación no puede ser una forma elegante de justificar la sobrecarga, ni una herramienta para normalizar lo que no debería ser normal. Tampoco puede convertirse en una especie de deuda infinita que el médico tiene con la sociedad, como si todos sus años de formación y dedicación solo sirvieran para rebajar su propio valor.

La vocación es un motor, no una cadena.

Y quizás ha llegado el momento de recordarlo en voz alta, sin confrontación, pero con claridad. Porque cuando la vocación llama a la puerta, no siempre hay que abrir. A veces, lo más honesto, y también lo más necesario, es quedarse dentro.

por vmarcilla

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