La sanidad en España sigue de huelga, pero la sordera política no la salva ni el más brillante de los otorrinos.
Más allá de cifras, comunicados y titulares, lo que estamos viviendo es la expresión de un malestar profundo y sostenido en el tiempo. No se trata únicamente de condiciones laborales, aunque éstas son clave. Hablamos también de desgaste emocional, de pérdida de atractivo de la profesión y de una creciente dificultad para ofrecer la calidad asistencial que nuestros pacientes merecen.
Los médicos, y con ellos muchos otros profesionales sanitarios, llevan años adaptándose, sosteniendo el sistema en momentos críticos y asumiendo responsabilidades que van mucho más allá de lo exigible. Sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo, en demasiadas ocasiones, insuficiente o tardía.
La metáfora de la sordera no es casual. Escuchar no es solo oír, implica comprender, priorizar y actuar. Y eso es precisamente lo que se echa en falta: una escucha real, activa y comprometida por parte de quienes tienen la capacidad de tomar decisiones.
La huelga no debería interpretarse como un acto de confrontación, sino como una llamada de atención. Un intento, quizás el último para muchos, de preservar un sistema sanitario que es uno de los pilares de nuestro estado del bienestar.
Porque cuando quienes cuidan empiezan a no poder cuidarse, el sistema entero se resiente.
Es momento de pasar del ruido al diálogo. De la reacción a la planificación. De las promesas a las medidas concretas.
La sanidad no necesita parches. Necesita visión, respeto y compromiso.
Y, sobre todo, necesita ser escuchada.

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