Durante décadas, el sistema MIR ha sido uno de los grandes éxitos del sistema sanitario español. No solo ha permitido seleccionar a los futuros especialistas con criterios razonablemente objetivos, sino que también ha contribuido a mantener un estándar formativo reconocido incluso fuera de nuestras fronteras.

Sin embargo, los acontecimientos de la última convocatoria han vuelto a poner sobre la mesa una sensación que muchos profesionales llevan años comentando en voz baja: algo se está deteriorando en el sistema.

La polémica de este año ha sido especialmente llamativa. Quejas por varios problemas organizativos, falta de vigilancia en algunas sedes, denuncias de posibles irregularidades con dispositivos electrónicos o incluso sospechas generadas por resultados inesperados han acabado en peticiones formales de auditoría del proceso.

Aunque muchas de estas cuestiones probablemente se aclaren con el tiempo, el daño ya está hecho. Cuando un proceso selectivo que durante años fue un referente empieza a generar dudas públicas sobre su funcionamiento, la confianza se resiente. Y en un sistema como el MIR, la confianza lo es todo.

El problema, probablemente, no es solo lo ocurrido en un examen concreto. Es la sensación de que el sistema lleva tiempo sufriendo pequeñas erosiones: cambios poco explicados, decisiones administrativas discutibles, una gestión cada vez más burocrática y menos académica, y una creciente distancia entre quienes toman decisiones y quienes viven la formación sanitaria especializada desde dentro de los hospitales.

El primer examen MIR nació en 1978 con una idea relativamente simple: seleccionar a los mejores candidatos para un sistema de formación progresiva y supervisada que garantizara especialistas bien formados. Esa filosofía sigue siendo válida hoy, si se ha conseguido en mayor o menor medida, es otra cuestión.

Lo que quizás necesite revisarse es cómo protegemos ese modelo en un contexto sanitario y político cada vez más complejo. Algunas ideas parecen bastante evidentes:

  • reforzar la seguridad y la homogeneidad del examen en todas las sedes,
  • garantizar transparencia en el proceso de elaboración de preguntas,
  • separar claramente las decisiones técnicas de las decisiones políticas,
  • reforzar el papel de las sociedades científicas y de los propios profesionales en el diseño del sistema,
  • y, sobre todo, cuidar el prestigio institucional del MIR como uno de los pilares de la medicina española.

Porque cuando se deteriora el sistema de acceso a la especialización, lo que está en juego no es solo un examen, es la calidad futura del sistema sanitario.

A todo esto se añade otra cuestión que cada vez aparece con más fuerza en el debate médico: las condiciones laborales, la presión asistencial y el creciente malestar entre profesionales jóvenes. Las huelgas de residentes en distintos momentos de los últimos años no son una anécdota; son un síntoma.

Pero esa es probablemente otra conversación.

O, al menos, otra reflexión.

por vmarcilla

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